Tema VII: Las dos caras del poder

 

Que extraño deseo el de buscar el poder y perder la libertad(1).

 

La vulnerabilidad de los poderosos

Para los poderosos toda la vida consiste en un juego irresistible de poder. Su objetivo primordial es obtenerlo y mantenerlo a través de un sin fin de juegos complejos que implican la manipulación de situaciones y de personas para el propio beneficio. En otros términos, el que necesita ostentar el poder para considerarse una persona exitosa, considera que su triunfo se encuentra sustentado por el fracaso de otro u otros individuos, por lo que siempre estará dispuesto a hacer todo lo que está en sus manos para evitar que quienes le rodean desarrollen su poder personal por considerar que, en la medida en que éste se incrementa, el propio se ve no sólo amenazado, sino seriamente disminuido. Estos individuos tienen una marcada tendencia a ocupar posiciones de poder desde las cuales puedan controlarlo todo y bloquear a los demás. El juego del poder se realiza vorazmente durante las veinticuatro horas del día, como un ejercicio cotidiano de autodefensa, en el que todo contacto humano -hasta el más simple- resulta fascinante pues ofrece la oportunidad de exhibir su superioridad e imponer su voluntad y su dominio.

 

En este contexto, el poder se contempla como la necesidad imperiosa de satisfacer los propios deseos, intereses y necesidades, por lo que corresponde a un nivel de desarrollo de la conciencia eminentemente egocéntrico. Entre sus características más relevantes se ecuentran: el autocentrismo, la terquedad, la posesividad, el individualismo, la incapacidad para escuchar, la dificultad de aceptar límites, el no aceptar más verdad que la propia, la inconsistencia, la incongruencia, la competencia combativa, la defensividad extrema, la intolerancia, el legalismo, el racionalismo desmedido, el dogmatismo, el temor a la intimidad, la explotación, la utilización de medias verdades y la necesidad absoluta de control. Anthony Jay sostiene que, “Esta combinación de egotismo, vanidad, deseo de reconocimiento y rapidez para ofenderse, no son, desde luego, unas características muy recomendables”(2).

 

El individuo que ejerce el poder autocráticamente, por considerar que éste es la más pura manifestación de su valía y su realización personal, suele ser reactivo, es decir, reacciona visceralmente a los estímulos del medio ambiente, muy particularmente a aquellos que lo cuestionan, lo confrontan o se resisten a su autoridad. “¿Cómo va a reconocer un hombre cuya vanidad, cuyo ‘yo’, es su fuerza impulsora, que la culpa es suya?”(3). Su vida emocional es inestable, por encontrarse ésta fundamentada en la resonancia emotiva, que le conduce a experimentar emociones tales como: el miedo a perder el poder, el temor a ser vencido, los recelos, la inseguridad, la ansiedad, el deseo de venganza y la cólera. Según Jay, el opresor llega a experimentar “... un cierto complejo de persecución, la convicción de que quienes no han sido aún suficientemente ganados por él, son en realidad enemigos unidos en una peligrosa conspiración”(4). Sus relaciones interpersonales suelen tener un carácter objetal motivadas por la conveniencia y por sus afectos que, por lo general, son condicionados, celosos y fundamentados en la simpatía/antipatía. Su preponderante necesidad de reconocimiento le conduce a desacreditar a todo aquel que le resulta amenazante, así como a pregonar a los cuatro vientos sus conocimientos, su amplia experiencia en todo campo del saber humano, sus logros, éxitos, distinciones y méritos reales o imaginarios, debido a que el centro de valoración se encuentra en el exterior y no en su interior (locus de valoración interna).

Desde esta óptica, considerando que la vulnerabilidad se refiere a la naturaleza de quien puede ser herido o lesionado física, psicológica o moralmente, se puede deducir que un individuo que centra su ser y su quehacer en el poder que despliega autocrática y autocéntricamente es predominantemente vulnerable. No existe mayor fragilidad que la esclavitud originada por la búsqueda del poder absoluto. Esta necesidad incontrolable de poder llega a representar una carga abrumadora que resulta autodestuctiva cuando éste en lugar de contemplarse como un medio al servicio de la persona, se erige en el amo que la esclaviza al convertirla en sirviente y en víctima de sí misma.

 

Cuando el poder se utiliza como arma agresiva, transforma al hombre en un monstruo temido y odiado aún por aquellos que se doblegan a su autoridad. Estos -por intereses y conveniencias personales- halagan, obedecen y sirven ciegamente a su superior velándole el pensamiento, con el único objeto de no caer de su gracia. Es por ello que el enamorado del poder necesita “... formar su tropa de leales..., lo que naturalmente conduce a una serie de despidos innecesarios y cambios de funciones...”(5) que generan coraje, resentimiento y una enemistad encubierta entre los subordinados al verse tratados como piezas de un juego de ajedrez a las que se mueve o se remueve del tablero, con base en intereses y conveniencias personales.

 

Michael Korda postula que quien desea ejercer poder sobre los demás, manipular las situaciones y manejar a las personas, se aboca a desarrollar una serie de movimientos y estrategias a los denomina “juegos de poder”, y a los que Freire se refiere como acciones antidialógicas. Entre estos destacan:

 

• Delegar trabajo y responsabilidad exclusivamente en quienes se someten ciegamente a sus intereses y disposiciones. “... cada ejecutivo trata de conformar un pequeño ejército de seguidores que le deben la vida”(6), con lo que aseguran su poder sobre de ellos y mantienen el control absoluto de todo proceso.

• Provocar situaciones de enfrentamiento para debilitar la fuerza de grupos o personas que resultan amenazantes. Dividir para oprimir es otro juego fundamental de la teoría de la acción opresora. Los poderosos, sustenta Freire, “No pueden darse el lujo de aceptar la unificación de las masas populares, la cual significaría, indiscutiblemente, una amenaza seria para su hegemonía”(7).

• Utilizar la manipulación, como instrumento de conquista, a través de ascensos, pactos no dialógicos, medias verdades y promesas (por lo general falsas). A este respecto Freire se expresa diciendo: “La manipulación con toda su serie de engaños y promesas, encuentra ahí, (en las masas oprimidas) casi siempre, un terreno fecundo”(8).

• Crear y publicitar crisis épicas con el fin de alcanzar el mérito de resolverlas, así como predecir catástrofes antes de anunciar buenas nuevas con el propósito de que éstas impacten a los subordinados. “La creación de catástrofes artificiales es un juego que puede entablarse a todos los niveles y que resulta especialmente útil para que otros se sientan culpables...” y así, llegar a dominarlos(9).

• Plantear objetivos irrealizables o incomprensibles a sus subordinados, para demostrar su ineficiencia y, así, encubrir sus propias limitaciones y fracasos. El control del tiempo, de las funciones asignadas, de los recursos humanos y materiales es un medio muy favorecido por el opresor para obstaculizar la realización de las tareas que demanda.

• Controlar la información en la consciencia de que ésta resulta vital para sus propósitos. “Los que juegan al juego de la información saben lo que hacen. No sólo obtienen y controlan la información sino que saben cómo hacerla prácticamente incomprensible. Su meta consiste en volver lo más misterioso e inaccesible posible la información de que disponen, compilándola de formas tan complejas que sólo ellos pueden explicar lo que significa... si es que significa algo”(10).

• Proyectar al exterior las propios errores y equivocaciones, culpando: al sistema de cómputo, a la gente que trabaja para ellos, a las administraciones anteriores, a situaciones externas desfavorables o a la competencia desleal de sus pares. “Uno de los juegos más rentables es la transferencia, mediante la cual la discusión de un error específico propio se convierte en una conversación de carácter más general. Por supuesto, el propósito es extender la culpa entre tantas personas que uno deja de ser individualmente responsable del error”(11).

• Deleitarse secretamente al descubrir los más insignificantes errores en el trabajo de sus subordinados para demostrarles su ineficacia e irresponsabilidad y así, afirmar su poder. Este acto implica, para quien lo realiza, “... el reconocimiento de los otros como absolutamente ignorantes, reconociéndose y reconociendo a la clase a la que pertenece como los que saben o nacieron para saber”(12).

• Nombrar comisiones que se ocupan de “... preparar explicaciones de acciones que ya han sido puestas en práctica y de preparar la defensa de proyectos que ya están en marcha”(13).

• Emplear un lenguaje sarcástico, agresivo, amenazante, grosero, prosaico, degradante o humillante para intimidar a los otros y enfatizar su poder.

• Desvalorar y ridiculizar todo conocimiento o habilidad que no comparten. Todo lo que no saben, no perciben o no comprenden tiende a ser calificado como inútil, obsoleto o peligroso. Su verdad es la única que vale por lo que, frente a cualquier cuestionamiento, “... les es necesario considerar como una mentira todo lo que no sea su verdad”(14).

• Dominar a través de la invasión cultural. “Ignorando las potencialidades del ser que condiciona, la invasión cultural consiste en la penetración que hacen los invasores en el contexto cultural de los invadidos, imponiendo a éstos su visión del mundo, en la medida misma en que frenan su creatividad, inhibiendo su expansión”(15).

• Utilizar una serie de símbolos de poder tales como: mantener a la gente a la expectativa, desarrollar una terminología propia incomprensible para los demás, el uso del teléfono como “centro de poder”, la cancelación constante de citas establecidas con subalternos, la saturación de la agenda personal, el mobiliario, el espacio y la distribución del mismo, el establecimiento de derechos territoriales (zonas de poder) y el manejo del tiempo, entre otros.

La vulnerabilidad de los que ejercen el poder de esta manera es el resultado de no haber aprendido a utilizarlo como un instrumento de servicio y no de control y de opresión, así como de no haber logrado ir más allá del egocentrismo y del narcisismo que fundamenta el éxito personal en la capacidad de dominio y de control, en la cantidad y no en la cualidad, en el poseer y no en el ser. Desde esta perspectiva, ser vulnerable significa convertirse en prisionero de sí mismo.

 

El poder de los vulnerables.

Los vulnerables -contemplados en este contexto como los oprimidos por una autoridad carente de valores y de escrúpulos en el manejo del poder- tienen la libertad de elegir y el poder para escoger entre someterse al sistema en el que el opresor da paso a la víctima y reaccionar a partir de un nivel egocéntrico de conciencia, o adoptar una acción responsable que les conduzca de la esclavitud a la autonomía. En el primer caso, quien al sentirse dominado, oprimido, humillado y desacreditado reacciona visceralmente comportándose de manera agresiva, individualista, intolerante, defensiva, hipócrita, burlona o irresponsable, no hace otra cosa más que consolidar y reafirmar el poder opresor al proceder como víctima resentida, debilitando con ello tanto su poder personal, como la dignidad que como ser humano le es inalienable. Manifestaciones comunes de este comportamiento reactivo, producto de un profundo resentimiento, son: (a) tratar, a toda costa, de sabotear las acciones del opresor, (b) circular todo tipo de rumores que desacrediten su autoridad, (c) utilizar su tiempo y creatividad para poner apodos humillantes a sus superiores con base en sus limitaciones y características personales, hacerlos objeto de burla y reirse a sus espaldas, (e) simular una total adhesión con el único objeto de obtener beneficios personales, en la consciencia de que el dirigente opresor, “... se rodea de personas que a todo le dicen que sí... que sólo le dicen lo que creen que él prefiere en vez de la verdad”(16). (f) desarrollar estrategias opresoras ocultas, (g) crear situaciones críticas que pongan en entredicho su autoridad, (h) culpar a los superiores de toda limitación o fracaso personal, (i) establecer alianzas con intenciones destructivas y (j) tender a la autodesvalorización y a la alienación que ésta lleva consigo, entre otras.

 

En el segundo, al actuar a partir de una libertad responsable y de un poder personal alcanzado a través de la activación y la realización de las potencialidades y dinamismos fundamentales propios de la naturaleza humana, fortalece su voluntad, acrecienta su valía personal, da testimonio de su dignidad e integridad y actúa libre, consciente y responsablemente. El poder personal no puede ser otorgado, ni arrebatado por nadie por encontrarse cimentado en el núcleo o centro interno de valoración que se alcanza por medio del autoconocimiento, la autoestima, la autodeterminación y la interdependencia. La valoración interna -que dista mucho de ser narcisista y egocéntrica- construye una barrera que impide que los mensajes del exterior dañen o lastimen la estimación, la confianza y la valoración personal. Este tipo de poder conduce a la persona a vivir de manera congruente y creativa; a ser tolerante, intuitiva y conciliadora, así como a permanecer en una actitud abierta al diálogo, al encuentro, al cambio y a la experiencia.

La fuerza de los vulnerables se ve consolidada a través del establecimiento de relaciones interpersonales comprometidas, aceptantes y empáticas no sólo con quienes pertenecen a su grupo, sino a todo grupo humano independientemente de su raza, ideología, disciplina, creencia religiosa, nivel socio-económico-cultural, edad, comportamientos y actitudes. Es importante señalar que la empatía y la aceptación incondicional en lo que se refiere a actitudes y comportamientos violentos, destructivos, injustos o desintegradores, no significa la aprobación, la justificación ni la complicidad con estos, sino que se refiere a realmente aceptar a la o las personas sin condiciones y tratar de comprenderlas desde su propio marco de referencia interno. Todo comportamiento tiene su raíz en el aprendizaje y en la experiencia de vida, por lo tanto, no resulta imposible poder llegar a comprender que las actitudes egocéntricas, autocráticas y opresoras -así como las conductas que de éstas se derivan- no son expresiones de maldad o perversidad, sino manifestaciones de inmadurez, o en otros términos, de niveles de conciencia poco evolucionados.

 

La liberación de la prisión egóico-individualista, la conquista y dominio sobre el mundo de emociones y sentimientos, el compromiso social libre y responsable, las relaciones solidarias extensas, la trascendencia de los roles sociales, la búsqueda de la verdad y de la justicia, la autenticidad, la generosidad y el respeto absoluto a la dignidad de todo ser humano, constituyen las principales fortalezas que sustentan el poder de los vulnerables. En este sentido, los verdaderos poseedores del poder personal son aquellos a quienes los opresores pretenden pisotear.

 

Es un hecho innegable que quienes ejercen el poder autocrático se encuentran en una posición que les permite llevar a cabo acciones que definitivamente afectan a sus subordinados. Esta realidad provoca inseguridad, inestabilidad e irritación en ellos. El temor a pasar a formar parte de la “lista negra” y a perder desde el empleo o el salario, hasta la libertad o la vida, en casos extremos, constituye una coerción poderosa y una fuerte presión que los empuja hacia el sometimiento y, con éste, al trabajo alienado que deja de ser un quehacer realizador de la persona. Ante esta situación, algunos se adaptan pasivamente lamentándose de su condición de víctima, pero otros se oponen y luchan en contra del dominio y la opresión. Sin embargo, la experiencia dicta que las actitudes reaccionarias, frecuentemente empleadas por los oprimidos con el objeto de enfrentar y solucionar esta problemática, no logran su objetivo debido a que los comportamientos reactivos les colocan en una posición de fragilidad e inferioridad ante el poder avasallador de la autocracia. Por otro lado, como lo apunta Freire en su obra Pedagogía del Oprimido, al experimentarse el subordinado como inferior al jefe por considerar que él posee el poder que avasalla, se siente atraído hacia el estilo de vida del opresor y su sueño mas acariciado es llegar a ser como él y poder así controlar, conquistar y dominar. En este sentido, tanto el que domina y pretende “domesticar”, como el oprimido o “domesticado” se transforman en reaccionarios al desarrollar unos y otros estrategias y acciones que niegan la libertad. Al encerrarse ambos en un “círculo de seguridad” del que no pueden salir, se apropian del tiempo, se sienten poseedores del saber, establecen su propia verdad a la que se aferran, se niegan a sí mismos, pierden su razón de ser y se convierten en esclavos del poder que pretenden ejercer.

 

Desde esta perspectiva, ¿Cómo se puede hablar del poder de los vulnerables? ¿En dónde radica éste? ¿Cómo se ejerce? Freire responde a estas preguntas cuando plantea su tesis sobre la hominización, contemplada ésta no sólo como un proceso biológico, sino como un proceso histórico-social a través del cual el hombre se hace hombre. En otros términos, la hominización es el proceso por medio del cual el ser humano se produce, se realiza y conquista su humanidad. Para llegar a asumir conscientemente su esencial condición humana y así, responder a su misión de hombre, la persona ha de aprender a decir su palabra. “La palabra, como comportamiento humano, significante del mundo, no sólo designa a las cosas, las transforma; no es sólo pensamiento, es praxis”(17). A través de su palabra, el hombre se hace hombre, se expresa, se comunica, cobra consciencia de sí mismo y se encuentra con los demás. Objetiviza las cosas haciéndolas presentes y, al hacerlo, es capaz de enfrentar los estímulos medioambientales no como elementos envolventes que lo encierran y limitan, sino como desafíos que puede llegar a trascender a través de la intencionalidad trascendental de la conciencia. “Liberada por la fuerza de su impulso trascendentalizante, (la conciencia) puede volver reflexivamente sobre... (las) situaciones y momentos para juzgarlos y juzgarse”(18). Esto significa que la capacidad de juicio crítico, la reflexividad y el poder de discernimiento propio de la conciencia humana, conduce al ser humano a redescubrirse, identificarse como ser en el mundo y asumir su papel como tal, es decir, ejercer su poder personal libre, responsable y comprometidamente. Freire sostiene que: “La conciencia del mundo y la conciencia de sí crecen juntas y en relación directa; una es la luz interior de la otra, una comprometida con otra... nadie cobra conciencia separadamente de los demás. La conciencia se constituye como conciencia del mundo”(19). Desde esta óptica, la conciencia se renueva y fortalece por medio de la apertura al diálogo, la comunicación con el otro y la socialización. De esta manera, la práctica de la libertad encuentra su expresión adecuada cuando el oprimido llega a descubrirse y a conquistarse como sujeto de su propio destino histórico.

 

Freire afirma que en un sistema opresor los que más trabajan y se comprometen, menos pueden decir su palabra y, en ocasiones, ni siquiera tienen condiciones para trabajar. En este método, que funciona con base en la dominación, los opresores mantienen el monopolio de la palabra, empleándola para mistificar, masificar y dominar. Ante esta situación, los oprimidos tienen que luchar para tomar su palabra, decirla y expresarla en la acción. Para lograrlo, Freire propone el camino de la liberación que consiste en: (a) el descubrimiento de sí mismo a través del proceso de hominización-concientización que culmina en la humanización, (b) perderle miedo a la libertad y optar por ella, (c) evitar la sectarización y, en su lugar, promover la criticidad, el discernimiento, la sensibilidad, la creatividad y el compromiso con la liberación de los hombres, (d) luchar, sin violencia, en contra de la deshumanización que se deriva de un orden injusto generado por la dictadura agresiva de los opresores, (e) defender el derecho a la libertad, al trabajo, a la desalienación, a la información, a la verdad y a la afirmación de los hombres como personas, (f) ser conscientes de que la opresión no es un mundo cerrado del cual no se puede salir, sino que se trata de una situación que solamente limita, por lo que puede ser trascendida, (g) liberarse a sí mismos y (h) liberar a los opresores. En este último punto, sostiene Freire, “... radica la gran tarea humanista e histórica de los oprimidos. Los que oprimen, explotan y violentan en razón de su poder, no pueden tener en dicho poder la fuerza de la liberación de los oprimidos ni de sí mismos. Sólo el poder que renace de la debilidad de los oprimidos será lo suficientemente fuerte para liberar a ambos”. Desde esta perspectiva, la lucha por la liberación constituye un acto de amor que se opone al desamor contenido en la violencia de los opresores. Cuando el oprimido se reencuentra a sí mismo como sujeto y se libera a través de una praxis humana y humanizadora, tiene en sus manos el poder transformador capaz de liberar al opresor de sí mismo. Este es en sí todo el sentido del compromiso histórico.

 

Las dos caras del poder

Michael Korda afirma que toda la vida no es sino un juego apasionante para alcanzar el poder, por lo que aprender que éste se encuentra al alcance de todo ser humano, dentro de su propio quehacer y al interior de su círculo de acción, constituye una de las tareas más importantes de la vida. “Sin poder, lo mismo podemos ser árboles que roca, ostras o cualquier otra cosa, objetos estimables a la vista de Dios..., pero carecemos de la capacidad de alterar el mundo, de controlar nuestras propias vidas“(20).

Así contemplado, el poder tiene dos caras, una de éstas corresponde, en virtud de la humanización progresiva del hombre, al momento en el que habiendo aprendido a manifestarse, a expresarse a través de la acción, se encuentra a sí mismo y descubre su palabra, palabra viva y dinámica, que transforma el universo. Así, la conciencia gana la dimensión de la trascendentalidad que implica que, liberada del medio envolvente, se desapega de éste y lo enfrenta en un comportamiento que la constituye como conciencia del mundo. Esto quiere decir que al evolucionar hasta este nivel de conciencia -al que hemos denominado transpersonal-, la persona desiste de cuestionarse y de preocuparse por su propia estimación. Su valoración personal deja de estar cimentada en los logros, los éxitos, los bienes materiales, las conquistas, el control, el dominio y las cualidades y características positivas personales, para centrarse en su ser y su quehacer como parte y partícipe de la comunidad humana entera. Freire se refiere a esto cuando dice: “La conciencia humana busca conmensurarse a sí misma en un movimiento que transgrede, continuamente, todos sus límites. Totalizándose más allá de sí misma, nunca llega a totalizarse enteramente, pues siempre se trasciende a si misma... Restituida en su amplitud, la conciencia se abre para la práctica de la libertad: el proceso de hominización, desde su mas oscuras profundidades, va adquiriendo la traslucidez de un proyecto de humanización”(21).

 

La otra cara de la moneda se refiere a una visión egocéntrica del juego del poder en el que los jugadores, movidos por la ambición, el deseo de control y de dominio, la necesidad de seguridad o de fama, la búsqueda desenfrenada del triunfo y de la propia satisfacción, se convierte en el principal móvil de toda acción humana. Esto significa que, cuando un individuo no ha logrado trascender el nivel egóico de desarrollo de la conciencia, el ejercicio del poder que adoptará es el de opresor. Las características propias del que ejerce un poder autocéntrico y autocrático corresponden a etapas evolutivas que se ubican en la primera y la segunda infancia y que, en cierta medida, se recrudecen durante las primeras fases de la adolescencia. Por tratarse éstas de momentos en los que es inminente cobrar una identidad personal, de experimentar seguridad física y psicológica y de ser reconocido, aceptado, valorado y amado, es natural que el niño o el adolescente se comporte egocéntricamente y presente las manifestaciones más primitivas en lo que a ejercicio del poder se refiere. Desde esta perspectiva, si bien resulta natural a la vez que legítimo, que la expresión eminentemente egocéntrica del poder se presente en estos primeros estadios del desarrollo evolutivo, no lo es tal cuando en otras etapas de la vida -cronológicamente más avanzadas- se ejerce el poder de esta manera. Este hecho, nos habla de un ser humano con una conciencia disminuida, enajenada y con áreas oscuras, ocultas e inexpresadas de la personalidad. En otros términos, se trata de una persona con cuerpo de adulto, pero con una conciencia infantil, inmadura.

 

Esto significa que cuando un individuo o grupo de individuos actúa como opresor, tiene la posibilidad y el potencial para ampliar su conciencia, trascender su egocentrismo y ejercer una autoridad de servicio. Es decir, un liderazgo liberador que anime el proceso de hominización y favorezca, a través de su acción, el camino hacia la plena humanización. Asimismo, cuando los oprimidos cobran consciencia de su ser en el mundo y se liberan del autocentrismo, así como de la postura indefensa y dependiente de la víctima; cuando llevan a cabo una práctica humanizadora consciente y responsable, tienen la capacidad y el poder de liberarse de la esclavitud y de colaborar en la liberación de los opresores. Por el contrario, cuando su lucha es violenta y reactiva; cuando su única intención es apropiarse del poder para oprimir o cuando, desde su condición de oprimidos, se constituyen en opresores de otros menos favorecidos, actúan a partir de un nivel de conciencia inmaduro, arcaico y, por lo tanto absolutamente improductivo.

 

Así contemplado el desarrollo evolutivo, resulta fácil deducir que las dos caras del poder son parte de un mismo proceso. Por lo tanto, la vulnerabilidad de oprimidos y opresores no responde a otra cosa más que a deficiencias en el proceso de desarrollo de la conciencia. Desde esta óptica, no podemos aceptar la idea de que la liberación sea una donación que, en un acto de generosidad, la autoridad otorga a sus subordinados, sino que se trata tanto de un derecho, como de una responsabilidad y un compromiso personal consigo mismo y con los demás. Freire expresa este pensamiento diciendo: “Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión”(22).

 

 Referencias bibliográficas

 

Freire, Paulo. (1990). Pedagogía del oprimido. Montevideo: Tierra Nueva.

Jay, Anthony. (1974). La dirección de empresas y Maquiavelo. Barcelona: Ediciones Destino.

Korda, Michael. (1979). El poder. Barcelona: Pomaire.          

 

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NOTAS

(1) Francis Bacon. Essays, II, Of Great Place.

(2) Jay. 1972. p. 132.

(3) Ibid. p. 136.

(4) Ibid. p. 132.

(5) Korda. 1975, p. 185.

(6) Ibid. p. 184.

(7) Freire. 1990, p. 180.

(8) Ibid. p. 188.

(9) Korda. Op.cit. p. 165

.(10) Ibid. p. 140.

(11) Ibid. p. 166.

(12) Freire. Op. cit. p. 170.

(13) Korda. Op. cit. p. 112.

(14) Freire. Op. cit. p. 26.

(15) Korda. Op. cit. p. 195. 

(16) Jay. Op. cit. p. 139.

(17) Freire. O. cit. p. 17.

(18) Ibid.

(19) Ibid. p. 12. 

(20) Korda. Op. cit. p. 65.
(21) Freire. Op. cit. pp. 14 y 15.
(22) Ibid. p. 28.