El cuadrante transpersonal se ubica en la etapa de ultrapersonalización
y se rige por el principio de la comunión (común unión)
y del amor trascendente. Se constituye como la residencia de los valores
universales, de las aspiraciones más elevadas y de las causas
más nobles, precisamente porque es la dimensión que penetra
en los dominios espirituales de la naturaleza humana. Cuando el desarrollo
de las fuerzas sociales convergen en un todo orgánico y psíquico,
la conciencia se ve impulsada por la energía espiritual cuya
manifestación más intensa y pura es el Amor que le conduce
hacia la convergencia planetaria. Partiendo de la tesis de que la unión
personaliza, Teilhard sostiene que el papel de las fuerzas del amor
cobran, en esta etapa, una importancia vital, ya que éste es
el vínculo por excelencia que reúne a las conciencias
por el centro de sí mismas. Desde la perspectiva wilberiana,
esta etapa constituye el puente entre la realidad cotidiana ordinaria
y la unión mística de la materia, la vida, la cultura
y la moral.
En este nuevo horizonte de la conciencia, ya no existe la distinción
entre planos distintos tales como el físico, el psicológico,
el social, el colectivo, o el moral sino que todas las cosas son "...
supremamente físicas, supremamente naturales, supremamente orgánicas,
supremamente vitales, en la medida en que cooperan a la construcción
y al cierre del cono tempóreo-espacial por encima de nosotros."
Desde la perspectiva teilhardiana, el amor realiza el milagro de ultrahumanizar
al ser humano y sólo él, "en el transcurso de una
fase todavía más decisiva, puede abrirle el acceso al
punto Omega" . Wilber plantea que la trascendencia de la unión
con el mundo natural y de los reinos sutiles, conduce a la unión
más profunda con la Deidad, a la que este autor ubica en los
reinos causales.
Esta fase la conciencia despierta al centro superior que se encuentra
al término de su evolución: el Omega. Teilhard se refiere
a este como centro de reunión, conciencia espiritual-cósmica
a la que la conciencia puede acceder en la medida en que impulse y concilie
al máximo todas las fuerzas disponibles de unanimización.
Desde la perspectiva wilberiana, el Omega constituye el puro Yo como
puro Espíritu, la Deidad. A pesar de los diferentes contextos
y escenarios disciplinares e ideológicos de los que parten tanto
Wilber como Teilhard, ambos coinciden en que se trata de un Centro Cósmico,
un Polo superior de humanización y personalización que
actúa como el imán que atrae a todos los holones, desde
los más simples hasta los más complejos, constituyéndose,
como ya se ha mencionado, en el Omega de todos los omegas, el Final
de todos los finales, la desaparición de la desunión y
de la dualidad, la unión con lo Absoluto.