La trascendencia de los reinos egóicos abre los confines de
la conciencia hacia la personalización que se realiza por medio
de la compenetración con todos los otros centros personales,
en un proceso de unanimización consciente de superación
y realización de la persona humana bajo la atracción y
el influjo del Omega. En esta fase, la conciencia humana se reconoce
como una unidad armónica bio-psico-social que implica, en palabras
de Teilhard, "el proceso de interiorización progresiva en
el corazón de cada individuo" y se caracteriza por la unión
entre lo individual y lo colectivo y el perfeccionamiento mutuo a través
de un proceso continuo y convergente que transforma la conciencia individual
en "un centro espiritual de reflexión, de libertad y de
amor, que emerge en el umbral definido de la evolución"
. Esta nueva etapa de desarrollo lleva consigo la emergencia y el desarrollo
de las fuerzas sociales, así como la apertura necesaria para
el establecimiento de relaciones universales y la tendencia hacia la
ultrapersonalización en la que las fronteras anteriores se trascienden.
La reflexión conduce al individuo a percatarse de como su centro
de gravedad se va orientando hacia un núcleo más amplio
y a experimentar la atracción hacia un sistema social definido
que le atribuye una función especial dentro del grupo. Es en
esta fase de creciente unificación las conciencias individuales
convergen en un todo orgánico y psíquico que tiende hacia
la unanimización humana. Desde esta perspectiva puede decirse
que, cuando el ser humano individual trasciende el nivel personal de
la conciencia, el progreso continúa definiendose en términos
de colectividad que tiende hacia el Centro personal de convergencia
en el que el universo se refleja y en el que se resuelve el misterio
de lo uno y de lo múltiple. De acuerdo a Teilhard, este misterio
consiste en que esta convergencia de los granos de conciencia no implica
la unión-fusión de todas las conciencias sino que se trata
de una unión-diferencia, en la que las conciencias no se pierden
sino que continúan existiendo como inidivudalidades múltiples
en una síntesis de centros que alcanzan en el Todo su máximo
desenvolvimiento.
Este cuadrante se caracteriza por una intencionalidad social, colectiva,
a partir de la cual la conciencia se reconoce como parte y partícipe
de la comunidad humana entera. Faculta a la conciencia para lograr una
visión lógica y global a través de la dialéctica,
de la síntesis y del pensamiento creativo y se refiere tanto
a la cristalización de un sí mismo unanimizado que sitúa
a la conciencia en la antesala del cuadrante transpersonal. En este
proceso, la conciencia se ve impulsada por una energía, cuya
manifestación característica es el amor fraterno.