En esta fase la acción de la reflexión se ubica en el punto
más elevado de centro-complejidad-conciencia que alcanza la cosmogénesis
en su proceso evolutivo. La conciencia de sí mismo permite trascender
la etapa de individuación teilhardiana, a la que Wilber se refiere
como aquella en que se da el nacimiento del yo conceptual, para llegar
a una fase más amplia en la que emergen las primeras señales
de la socialización y que se caracteriza por una intencionalidad
social-colectiva en la que la conciencia individual inicia el camino
de ir más allá de los confines egóicos, para ingresar
al ámbito de lo social Teilhard considera que si bien el paso
de la conciencia individual a la personal es un proceso natural, éste
requiere que el individuo opte libremente por lo personal, opción
que implica: (a) el despertar existencial, (b) el descubrimiento del
significado y sentido de su existencia, (c) la aceptación de
su finitud, (d) el reconocimiento de los valores morales y (e) la consciencia
( awareness ), es decir, el darse cuenta de que su dirección
y meta es evolucionar en función de una corriente cósmica.
Asimismo, postula que el hombre no alcanza la personalización
si no es a través de la opción por ser con y para los
demás. El cuadrante personal de la conciencia implica el desapego
del impulso o inclinación natural hacia el colocarse como punto
culminante del universo y la tendencia egocentrista que conduce a confundir
el individualismo con el personalismo, así como de la búsqueda
de una individualidad separada, que lleva consigo la disminución
y la pérdida del sí mismo. La diferencia más importante
que existe entre el nivel individual (autocéntrico) y el nivel
personal (alterocéntrico) de la conciencia es que el primero
marca una distancia significativa entre el individuo y la humanidad
en su conjunto, se concibe a sí misma como un centro distinto
a los otros centros que le rodean y, el segundo, se caracteriza por
el descubrimiento de la comunión y del amor que exalta la originalidad
y acrecienta el valor de la persona. A este respecto Teilhard postula
que el colmo de la originalidad del hombre no es su individualidad,
sino su persona y ésta no puede universalizarse si no es a través
de la ultrapersonalización, que no es más que ascender
a un plano mucho muy superior al de la experiencia humana actual.
Desde la óptica humanista-transpersonal, al completarse la
fase evolutiva de humanización en la que se ha realizado tanto
la cristalización de un yo existencial auténtico, como
el desapego del individualismo y el egocentrismo, se integran y trascienden
las dimensiones biológica, psicológica y social de la
naturaleza humana abriendo el horizonte hacia una etapa en la que la
conciencia se encuentra más centrada, más ordenada, más
compleja y, por ende, más consciente.