Cruzar la frontera del cuadrante arcaico implica la separación
de la unidad pleromática en la que la conciencia se encuentra
fundida y confunidada con la totalidad, para penetrar al ámbito
de la dualidad, en el que el sujeto y el objeto se separan en dos mundos
distintos, el mundo del ser y el mundo del no ser. Esta etapa se caracteriza
por el surgimiento de la primera sensación de identidad realmente
separada del mundo que le rodea y constituye una etapa inevitable en
el proceso evolutivo, se trata, ni más ni menos que del preludio
de la integración futura con cuadrantes más elevados de
conciencia. La esfera biológica se ubica en una edad aproximada
que va de los 6 meses a los 3 años y corresponde al nivel considerado
como el más simple y reducido de auto-consciencia en el que el
proceso de diferenciación sujeto-objeto es aún muy primitivo.
Wilber se refiere a esta fase de la vida como la etapa preegóica
o urobórica que se caracteriza por constituir los primeros indicios
de la conciencia egóica infantil. El yo urobórico que
este autor ubica a principios de la etapa oral, se encuentra dominada
por la psicología visceral a la que explica como: "la naturaleza
inconsciente, la fisiología, los instintos, la percepción
mesozoica y las descargas emocionales más rudimentarias"
. Esto significa que de la adualidad absoluta propia del yo pleromático,
en la que no existe rastro alguno de significados, se pasa al reconocimiento
de que existe algo distinto afuera de sí, un mundo que no es
él mismo.
Entre las características más relevantes de este cuadrante
se destacan: la acausalidad, la sensoriomotricidad primitiva, la euforia
oceánica, el instinto primario de supervivencia, el egocentrismo
en su más alta expresión, el temor primordial y los reflejos
alimentarios. La conducta se encuentra motivada por las necesidades
básicas fisiológicas y las afectivo-emocionales primitivas
propuestas por Maslow. En esta fase, las imágenes iniciales en
relación a la conciencia de sí mismo se reducen al "yo
cuerpo", "yo bueno", el "yo malo" y el "no-yo".
El sí mismo -ego- se identifica plenamente con el cuerpo y con
los elementos, funciones y necesidades de las que se desprenden las
motivaciones y los valores correspondientes a esta fase evolutiva, tales
como: la sobrevivencia, el bienestar, el equilibrio y el placer.