Así contemplado el proceso evolutivo, la aparición
del hombre sobre la tierra permite que la evolución siga su
proceso cósmico. Gracias a éste, la ascensión
de la conciencia -movida por el amor-, continúa más
allá de sí mismo hacia una síntesis ultrahumana.
En las esferas de lo pre-viviente, el amor no existe sino que se manifiesta
en una forma pre-reflexiva o instintiva, esta forma evoluciona con
la emergencia de la reflexión que transforma el amor al humanizarlo.
La unión personaliza en la medida en que este acercamiento
de centro a centro surge espontáneamente por el amor. El amor,
afirma Teilhard, realiza el milagro de sobrehumanizar al ser humano
y sólo él, "... en el transcurso de una fase todavía
más decisiva, puede abrirle el acceso al punto Omega"
.
Desde la perspectiva humanista transpersonal, la Espiral de la Conciencia
alcanza su plena realización al despertar a la Conciencia Trascendente
cuya manifestación más intensa y pura es el Amor, por
ser éste el que constituye la substancia misma de la unión
creadora y el signo palpable de la convergencia del universo, así
como la forma más sublime de la energía humana en la
que la noosfera manifiesta un estado general y nuevo en la que el
amor no solamente reúne las dimensiones psicológicas
del mundo, sino que va más allá al cobrar conciencia
de un Omega en el que la Teosfera hace su aparición. Teilhard
afirma que, así como no existe más que una única
Materia creada para sostener el crecimiento sucesivo de la Conciencia
en el Cosmos, no existe sino "... un sólo sentimiento
fundamental en la base de todas las místicas, a saber: El amor
innato de la persona humana, extendido a todo el Universo " .
El pensamiento de Teilhard y de Wilber, compañeros en este
apasionante recorrido por los nuevos horizontes de la conciencia,
me ha llevado comprender la existencia de dos universos: uno dentro
y otro fuera de nuestra piel. Dos mundos que conforman un sólo
cuerpo, una totalidad indivisible en la cual todos los filamentos
que conforman la trama cósmica se reúnen por y en el
Amor. Cuando la piel, delicada frontera que nos separa del Omega se
diluye, la luz penetra por cada uno de sus poros permeando el cuerpo,
la mente y el espíritu. Así, la conciencia trasciende
los espacios estrechos y se va más allá, a lo infinito,
lugar en que los opuestos se conjugan. La conciencia se expande al
extender las alas, el organismo vivo toca con sus plantas la firmeza
del suelo y vibra ante la inmensidad del cosmos en un impulso poderoso
que fluye como el torrente a reunirse en el rítmico océano
de lo eterno. La dualidad desaparece, los polos se unen en el misterio
del encuentro, en el milagro de la unidad en la multiplicidad. Microcosmos
que enlazados en una malla conformada por miríadas de combinaciones
expresan, manifiestan y experimentan lo sutil de la esencia. Vidas
que se encuentran conectadas a la origen de la luz, al origen de la
paz, a la fuente del amor eterno, energía luminosa del Espíritu,
vibración vital, misterio de Amor que se devana entretejiendo
hebras doradas en la rueca del alma iluminando el camino del encuentro